Carta Montanari

Apostasía de Jorge A. M. Montanari

Me dirijo a la autoridad eclesiástica que corresponda en este acto, para sustanciar mi pedido formal de apostasía. Fui bautizado en 1979 en la catedral de San Martín, sita dentro de la plaza de San Martín (Pcia. de Buenos Aires). Con perdón de la ironía (y adelantando que será la única que se encuentre a lo largo de esta carta), quiero señalar que en el momento de recibir el sacramento no me encontraba en pleno uso de razón o de comprensión del acto, por contar solamente con 3 años de edad. Por ese motivo, solicito no ser juzgado como un “arrepentido”.

Por cierto, el sitio web de “apostasía colectiva”, a través del cual me enteré de esta posibilidad de apostatar, me ofreció una carta generada automáticamente donde había una lista de motivos generales suficientes para justificar ante Uds. mi solicitud. Creí que sería mucho mejor encargarme de redactar mi propia carta, por dos motivos: uno, que ustedes comprendiesen que no estaban ante un mero formulario automático que una persona de fe débil pudiese haberse tentado de enviar en un mal momento; dos, poder hacer de mis expresiones un documento que pueda servir para que otras personas entiendan más detalladamente el por qué de mi solicitud.

Los motivos que tengo son tantos, que no sé por cuál empezar, así que los dejaré fluir sin un orden en especial. Por cierto el motivo principal que me llevó a tomar esta decisión en lugar de simplemente continuar siendo una persona no practicante de la religión, ha sido el comprender que por figurar en los registros de bautismo, estoy integrando el porcentaje de argentinos católicos a los que la Iglesia alude cuando habla en nombre de esta “mayoría” de los ciudadanos. Consecuencia directa de ello, son la destinación de partidas presupuestarias públicas al financiamiento de la educación en colegios religiosos. Otra consecuencia de ello son los sueldos de la jerarquía eclesiástica que también emanan del erario público, y que están asimilados a los sueldos de autoridades judiciales tal como se lee en los decretos aún vigentes, suscriptos por genocidas actualmente condenados por crímenes de lesa humanidad. Me refiero concretamente a leyes como la Ley 21.540 (25/11/77) y la Ley 21.950 (7/3/79) de asignación a arzobispos, obispos y auxiliares, firmada por Videla; la Ley 22.950 (14/10/83) de sostenimiento para la formación del clero, firmada por Bignone con urgencia días antes de las elecciones que representarían la vuelta de la Democracia; el Decreto 1.991/80 (06/10/80) que otorga pasajes gratuitos al exterior para miembros de la iglesia -firmado por Videla-, etc.

Asimismo, en el Catecismo de la Iglesia Católica que puede consultarse en línea en el sitio oficial del Vaticano, quedan claros ciertos preceptos; en los ítems 2350 y 2370 por ejemplo, se refiere la incompatibilidad con la vida católica de la práctica sexual prematrimonial y del empleo de métodos anticonceptivos. No son “sugerencias”, sino que habla de acciones intrínsecamente “malas”. De modo similar procede en otros ítems que no preciso enumerar ya que Uds. han de conocer con holgura, como la condena a actos tan privados como la masturbación. Todo ello implica que más allá de la formalización del acto de apostasía, yo no soy un católico practicante. Y más aún, no soy solamente yo, sino que la gran mayoría de los católicos, sostienen conductas de vida contrarias a los preceptos religiosos del catolicismo. Por cierto esto se amplía con otros temas como la postura frente al divorcio, la homosexualidad (que la iglesia sostiene que es un “amor no emanado de complementariedad tolerable”, en una de sus mayores hipocresías), y otras.

Sinceramente, creo que una persona cuanto más ferviente admiradora de Cristo se sienta, más debería considerar apostatar de esta religión católica que hoy ustedes representan. No veo en la iglesia católica un proceder ajustado al “poner la otra mejilla”, practicando la humildad, practicando la comprensión y recibiendo a todos por igual en su seno. Insisto, va mucho más allá de la creencia religiosa. Ustedes fomentan la necesidad de pertenencia a la Iglesia como modo de salvación, como camino hacia Cristo, y ese camino simulan ofrecerlo cuando en realidad está guiado por maniobras plenas de manipulación psicológica basadas en un sentimiento de miedo que se encargan de generar continuamente en la gente. La educación en Cristo a través de ustedes es educación en el Miedo, y no en el amor. Su concepto del pecado, del arrepentimiento, de la penitencia… todos métodos de ejercer el control y asegurar un statu quo tradicionalista repugnante, que ignora la diversidad humana y la evolución del pensamiento libre.

Rechazo la educación católica, y la difusión de valores que cercenan el desarrollo de la conciencia y el espíritu en libertad de las personas desde su infancia. Rechazo las enseñanzas morales de la iglesia toda vez que no ponen a disposición del educando el conocimiento de la totalidad de las vertientes sobre la moral que han existido y a las que también podrían adscribir. Y allí llegamos a otro tema clave: rechazo el tabú. Rechazo el rechazo de ustedes a tratar ciertos temas. Rechazo el mecanismo de control que generan a través de su estricta educación (impartida en los colegios o en las familias practicantes) que deriva en el miedo al planteo de los temas que la institución no considera correctos, lo cual lleva a la ignorancia, con los peligros que ello acarrea.

No creo que el Estado deba estar involucrado en la religión. De hecho países con un número de practicantes –reales, no nominales- mucho mayor como lo es Turquía con su comunidad musulmana, sustancian un estado laico. Aborrezco que recién en 1994 se haya quitado el requisito de pertenencia al catolicismo para el ejercicio de la Presidencia de la Nación en nuestro país. Aborrezco que el art. 2 de la Constitución Nacional todavía diga que el Estado sostiene el culto católico. Apoyo la libertad de culto y la necesidad de laicidad en la educación, en el gobierno, y en todos los ámbitos de la vida que excedan a la convicción íntima individual en una creencia y su forma de llevarla a cabo. Rechazo la idea de que la comunidad toda a través de sus impuestos deba financiar las arcas de la curia, tanto en lo que concierne a los altísimos sueldos de los altos cargos como a gastos de movilidad y los destinados a la educación religiosa.

Apoyo fervientemente la libertad de la elección de las personas en cuanto a su condición sexual, conducta sexual, anticoncepción, etc.etc. Veo plenamente válido al amor homosexual, a las relaciones sexuales llevadas a cabo por parejas no convencionales o por grupos de cualquier composición (siempre en ejercicio de sus facultades y derechos civiles, por cierto), al uso de cuanto método de anticoncepción seguro se encuentre disponible, al uso del preservativo como máximo exponente de la posibilidad de cuidar simultáneamente la concepción indeseada y prevenir las enfermedades de transmisión sexual. Apoyo el casamiento homosexual. Apoyo la adopción homosexual.

Rechazo absolutamente la posibilidad de la existencia del Pecado a ser juzgado por un dios y cuya penitencia está en manos de un cura. Rechazo la capacidad del cura para emitir esa condena “reconciliatoria”.

Rechazo la consideración de la masturbación como pecado. Rechazo el avergonzamiento que propugna la institución en cuanto al desarrollo sexual y por ende el gran obstáculo con el que contribuyen a la educación sexual. Rechazo el rechazo a la pornografía, cuando ésta es practicada por personas adultas responsables. Resulta gracioso que el catecismo cristiano rechace la pornografía en función de que muchas veces está vinculada al aprovechamiento de personas débiles o con una gran necesidad que las lleva a corromperse, cuando ese modus operandi coincide tantas veces con el empleado por la iglesia católica con otras finalidades.

Rechazo la difusión de ideas a favor de la conservación de la virginidad hasta el matrimonio, entendiendo que los seres jurídica y mentalmente responsables tienen un derecho inalienable a ejercer su libertad de practicar el sexo, permitiéndoles tomarlo como un elemento de valoración que permita ponderar a una pareja para tomarla por relación estable. De la mano de esa idea, rechazo el propugnar una sociedad con mujeres y hombres que solamente hayan tenido al término de sus vidas una única pareja sexual: esa idea condena a muchas personas a la frigidez, a la insatisfacción, al miedo, a la tentación de la infidelidad, etc.etc.etc. Rechazo asimismo la máscara moral que propicia el cristianismo, para que detrás de la misma se oculten personas promiscuas bajo la apariencia de católicos ejemplares por la mera ejecución de los rituales adecuados.

Acerca del Pecado, prefiero muchísimo más guiarme por valores morales, por un convencimiento propio por hacer el bien, por no dañar al prójimo… y lo considero muchísimo más valedero que hacerlo por miedo a un infierno, o por esperanza en un cielo. Se puede ser agnóstico o ateo y ser justo, elegir el bien, elegir el camino correcto en base a la razón. Quiero que mis hijos elijan el camino del bien no por temor, sino por convicción.

Rechazo a la Inquisición y a la falta de una condena contínua, unánime, autocrítica y definitiva acerca de las iniquidades cometidas por la misma a lo largo de toda la Edad Media, cercenando el pensamiento y la vida tanto de ilustres científicos como de pobres personas simples condenadas a muerte por cargos como la “brujería”. No menos puede decirse de la “Evangelización” de América, crimen atroz de lesa humanidad denunciado por unos pocos curas nobles de corazón como Bartolomé de las Casas, que jamás fue atentamente escuchado en Europa. Creo que bastaría con que la “Breve relación de la destrucción de las Indias” por él escrita fuese lectura obligatoria en las escuelas para que mucha gente ya desde chica se preguntase por qué la religión católica es supuestamente “buena”.

Rechazo figuras aparentemente oximorónicas como un “Papa Guerrero” (Julio II), y otras cuyo nombre era el “Mensajero de la Paz” pero que no supo conceder un asilo político al presidente Noriega en Panamá cuando sufrió un golpe de estado, asilo político que cualquier otro país muy probablemente hubiese concedido. Con este antecedente desembocamos en algo más general y escalofriante: el silencio (en el mejor de los casos) o la participación activa a favor (en el peor de los casos) ante los golpes de estado en todos los países del orbe. Ni que hablar del papado como institución, posición de tremendo poder que fue ejercida por nefastos personajes de la Historia de la humanidad como bien sabéis durante la Edad Media. Recientemente, es conocido el apoyo de la Iglesia a la interrupción institucional de la democracia en Honduras. En Argentina conocemos perfectamente el papel de la Iglesia durante el genocidio de la última dictadura militar. Recuerdo el apoyo explícito en nombre de dios al “Proceso de Reorganización Nacional”. Recuerdo los extensos testimonios acerca de la relación estrecha de las altas esferas de la curia con el genocidio organizado. Recuerdo las condenas a sacerdotes torturadores y asesinos. Por cierto no todos los curas son así. También hubo curas desaparecidos, también hubo curas que se opusieron a esas iniquidades. Pecarían en ingenuos si quisieran demostrarme con contraejemplos lo erróneo de mi postura. Basta con saber que los curas que apoyan el genocidio siempre no son condenados por ustedes. ¿cuál es la palabra oficial? La palabra oficial es la ausencia de una condena eclesiástica a aquéllos que la Justicia y la Memoria ya han definitivamente condenado. Basta saber cuál es la línea dominante. Basta ver el poder que tiene el Opus Dei y compararlo con el poder que tiene algún sacerdote que adhiere a la línea tercermundista o que tiene una opinión progresista: son casos aislados, personajes simpáticos de una parroquia de suburbio. El Poder lo tienen otros. Vuestra comunidad, por ende, es una comunidad donde entre los practicantes activos se escuchan de modo frecuente y en cualquier diócesis del país opiniones acerca de la inocencia de estos actores eclesiásticos que atentaron por acción u omisión contra la vida humana y contra la democracia, y eso en el mejor de los casos, porque también llegan a decir que los hechos los han cometido, pero que ello ha constituido acciones correctas. Evidentemente ello proviene de un lineamiento transmitido en las homilías, bajadas de línea en reuniones con los representantes de la iglesia, que siempre apuntan a la distribución entre sus fieles más acérrimos de una manutención del statu quo más conservador y recalcitrantemente reaccionario, que es la ideología dominante dentro de vuestra institución. Rechazo por ende también el sentido de status social que viene tan mezclado con la idea de la pertenencia a la Iglesia, evidenciado numerosas veces en manifestaciones discriminatorias por parte de los fieles que mucho distan de la idea cristiana de abrir los brazos para todos los necesitados considerándolos hermanos. No; sabemos todos que son más los Borgia que los Francisco de Asís dentro de vuestra iglesia.

Rechazo el apoyo y encubrimiento eclesiástico a los curas violadores. Rechazo los vínculos de la iglesia con los grupos más reaccionarios de la derecha más deshumanizante que están siempre apoyando a los curas cuando estos son puestos en juicio por la sociedad civil. Rechazo el empleo de la violencia por parte de estos grupos de apoyo, que jamás es condenada por ustedes. Rechazo también que la doctrina esté diseminada de tal forma que los practicantes laicos acérrimos tengan por lo general manifestaciones mucho más frecuentes acerca de las presunciones de inocencia de los curas acusados que de cualquier otro sujeto pasible de sospecha. Rechazo asimismo, respecto de las familias practicantes, todo el andamiaje de hipocresías destinadas a mantener una imagen compatible con la vida ejemplar en el catolicismo, que muchas veces llevan a tremendas injusticias causantes de muchísimo dolor y que generan numerosos problemas psicológicos en las personas.

No puedo pertenecer a una comunidad que elige Papa al cardenal Ratzinger, personaje nefasto que dominó cual Lopez Rega del Vaticano los últimos años de Juan Pablo II, con un pasado en las juventudes nazis, y que expresa ideas tan absurdas como aquélla de que el preservativo contribuye a la difusión del SIDA.

No rechazo necesariamente la existencia de dios o de Cristo, y sé que es totalmente secundario eso a creer o no creer en ustedes. Puede que exista, puede que no (resultan interesantísimos los estudios como el que se muestra en la película “Zeitgeist” que seguramente ustedes también conocen, y que muestra que los pilares de la tradición cristiana como por ejemplo el nacimiento de Jesús se apoyan en creencias documentadamente importadas de otras religiones y cuyos fines eran puramente didácticos). Seguro que a Dios, de existir, no le molesta ni más ni menos que yo crea en él o no. No sé si estoy seguro de si dios existe, pero sí estoy seguro en cambio de que el universo tiene más de seis mil años, de que la primera mujer no surgió de la costilla del primer hombre, etc. etc. etc. Ni siquiera creo en las migajas de esperanza que siembran ante la desesperanza de una muerte igualadora y ineludible que nos espera a todos: no creo en la resurrección de la carne. Aparentemente la vida no perdura. Ojalá que sí, adoraría que así fuese… pero no pienso enviciar mi miedo a la desaparición definitiva con la adscripción a todas estas patrañas y operaciones inmundas de la religión católica.

Y aquí toqué otro tema tremendamente importante que marca vuestra intolerancia intrínseca: el rechazo sistemático a las verdades de la Ciencia, al progreso, a la mejora de la calidad de vida que puede producir el Conocimiento para transformar la Sociedad. Los católicos obtusos (las voces oficiales, y los voceros laicos más respetados dentro de su comunidad), dan muestras de su horror ante los avances de la genética. Dicen que “no se puede jugar a Dios”, dando muestra de una terrible y tremenda arrogancia, al decidir por ellos mismos cuáles son los límites que dios supuestamente traza para el conocimiento humano, sin percibir que definitivamente todo se trata de cuestiones culturales. Si así no fuera, deberían condenarse como sacrílegas las realizaciones de autopsias. Debería considerarse como inaceptable la realización de transplantes, y tantas otras prácticas de la medicina y la ciencia moderna, que no son más invasivas del “misterio” de la vida que la manipulación genética (respecto de la cual, la enorme mayoría de los actores católicos que alzan sus voces, no posee siquiera los conocimientos más rudimentarios a su respecto). Así, con ese mismo pensamiento obtuso, la iglesia hizo arder en la hoguera a genios como Giordano Bruno.

Capítulo aparte merecería el rechazo visceral, intransigente e incontemplativo hacia la idea de la Evolución. Enfrascados en criticar la idea evolutiva, muchos católicos desconocen por completo los conceptos del neodarwinismo, se aferran de construcciones sociales ya superadísimas, de reduccionismos irrisorios como conceptos tales como “el Hombre desciende del mono”, etc.etc., y alegando su derecho a creer en lo que les viene en gana, omiten intencionalmente toda posibilidad de aplicar un razonamiento lógico al tratamiento de los pilares de las ideas evolutivas, aferrándose en última instancia a demostraciones que carecen de relevancia o rigor científico.

En la visión católica de la Ciencia en general, lo más (patéticamente) cómico es que con una base totalmente arbitraria y azarosa, la explicación católica contemporánea para las “sagradas escrituras” se divide en consensos acerca de que tal o cual concepto es evidentemente alegórico, pero tal o cual otro (igualmente carente de sentido lógico-científico) es una verdad literal e incuestionable. De esa manera, por ejemplo, es frecuente encontrar la explicación católica acerca de que la creación del universo no sucedió realmente en siete días corridos sino que ello corresponde a una metáfora, para luego inexplicablemente adherir a la idea de que “el hombre es el rey de la creación” o que dios puso a los animales en el mundo para que el hombre se alimentara de ellos. Cualquier argumento u observación que señale por ejemplo la existencia de especies inútiles para la alimentación, es defenestrado por medio del reduccionismo dogmático: somos forzados a aceptar que dios habrá tenido un propósito para ello, y que nuestra ignorancia no nos permite comprenderlo. Me niego a aceptar ser insultado al ser llamado ignorante luego de haber estudiado durante años sobre cuestiones acerca de las que ustedes opinan desde un papel como mínimo lego y muy frecuentemente plagado de oscuridad y fanatismo. (En verdad, ni siquiera creo que deban estar enfrentadas la ciencia y la creencia en dios, ya que en verdad las encuentro compatibles… el problema viene dado por la bajada de línea desde las religiones organizadas, y por la necesidad de aceptar todo un corpus dogmático tal vez).

Aludiendo la validez de su elección por sostener una idea basada en la fe, insultan el entendimiento propuesto por medio de la razón, sin siquiera acceder a un diálogo que permita la contraposición de ideas… en el fondo hay un evidente y gran miedo de su parte, miedo que emana al percibir que el andamiaje de creencias defendidas se basa en tradiciones inverosímiles (por ejemplo, al deducir la altísima improbabilidad de que si hoy en día no hay dinosaurios ello se deba a que no quedase lugar en el “Arca de Noé”). Así como la posibilidad de la duda ha permitido el progreso del conocimiento científico, la prohibición dogmática de la duda ha caracterizado y caracteriza el pensamiento católico dominante, y ello provoca en mi una reacción visceral, un sentimiento de incompatibilidad determinante.

Por último, quisiera referir en concreto mis sentires acerca de enviar esta carta de apostasía. Mi padre, agnóstico, cuando recibió de mi parte la noticia de que tenía intenciones de apostatar, en una primera instancia se preocupó y me dijo que probablemente sufriese en el futuro algún tipo de represalia por esta expresión (de hecho, es conocido el caso de la profesora Raffeta, apóstata expulsada recientemente por la USAL). Le respondí que eso motivaba en mí una convicción aun más profunda de no desear pertenecer a una institución que tomaría represalias por mi modo de pensar. La apostasía es considerada uno de los tres pecados principales junto con la blasfemia y la herejía, con lo cual no caben dudas de que si las leyes civiles lo permitiesen, la Iglesia estaría feliz de mandarme a la hoguera o al destierro. Pues bien, no quiero sino alejarme lo antes posible de semejante institución. Tengo fe en mi ciencia, en mi conocimiento, en mi capacidad para desarrollarme en varias funciones que permiten una vida digna, así que no les tengo miedo. Esto es lo peor que les puede pasar a ustedes: encontrarse con alguien que no les tenga miedo.

Expuestos pues ampliamente los motivos, solicito sea quitado mi nombre del registro de bautismos y se me expidan las constancias del caso, en virtud de la ley de Habeas Data y demás asuntos que Uds ya conocen a raíz de las presentaciones similares que vienen sucediéndose.

Atentamente,

Jorge Aníbal Martinetti Montanari