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Obispos, dejen de hablar en mi nombre

Obispos, dejen de hablar en mi nombre

La semana pasada Horacio Verbitskyi informó en Página 12 el lanzamiento de “un agresivo documento” por parte de la Iglesia Católica que denuncia presiones contra la libre expresión y la participación de todos en la vida cívica, que aviva el deseo del pueblo de ser nación y de una democracia que no debería construirse agudizando los conflictos sino concretando los ideales de una verdadera amistad social. Que apela a una noción de derechos humanos directamente ligada a la dignidad de la vida desde la concepción hasta su término natural, a la familia fundada sobre el matrimonio entre varón y mujer, que es la base de toda sociedad.

Y todo afirmando su preocupación por una corriente cultural e iniciativas legislativas que dañarían una sociedad así, por ellos, concebida. Al mismo tiempo que afirman que “la educación y el trabajo siguen siendo los instrumentos que les permiten a las personas y a las comunidades ser artífices de su propio destino”.

En estas Reflexiones de los obispos al acercarnos a la Navidadii se sostiene que “todos los habitantes de nuestra patria necesitan sentirse respaldados por una dirigencia que no piense sólo en sus intereses, sino que se preocupe prioritariamente por el bien común”. Piden por “la dignidad de nuestros hermanos más pobres en su vida familiar, para que sean protagonistas de su propio desarrollo integral”. Y hablan de “hipoteca social” para definir una enorme cantidad de jóvenes que no estudian ni trabajan, idea que junto con el aumento de la droga aparecería asociada a la proliferación del delito y de la consiguiente inseguridad.

La riqueza infernal de elementos que ofrece el texto no solo permitiría hacer distintos análisis del discurso sino que podría entenderse, explicarse, discutirse desde las más variadas ópticas. Pero considerando el contexto histórico que vivimos de ampliación de derechos, de expansión de voces y luchas de diversos movimientos sociales, que abre cada vez más espacios para dar la discusión al respecto, aquí no vamos a meternos específicamente con el contenido del documento sino con algo anterior a la existencia misma del documento. Vamos a meternos con las condiciones políticas y materiales que hicieron posible la producción y publicación de dichas reflexiones.

Porque la elaboración y la publicación de este documento fue posible gracias a que determinadas condiciones políticas y materiales están siendo garantizadas. Y en el contexto del plurimovimiento de descolonización de Latinoamérica y de “re-invención social”, es preciso poner en cuestión la naturalización de este ejercicio de poder político por parte de la Iglesia.

El planteo podría encararse, en principio, desde 2 puntos de vista. Desde las cuestiones de fe y desde las cuestiones de poder.

Desde el punto de vista de las cuestiones de fe, vamos al documento original y vemos cómo en el 1er párrafo los jerarcas sientan las bases de cuán necesaria es la Iglesia Católica para la administración de la fe:

El Año de la fe que hemos iniciado nos convoca a renovar nuestra fe en el Dios vivo y verdadero con una conciencia agradecida por el don recibido. Desde los orígenes de nuestra nacionalidad la fe cristiana fue transmitida en el ejercicio de la misión de la Iglesia, en el seno de las familias y por medio de sus proyecciones en la cultura de nuestro pueblo. Por eso, damos gracias por la fe de tantos argentinos que, a lo largo de nuestra historia, han sido testigos del Evangelio y ciudadanos ejemplares.

Sirva esta referencia para significar la relación directa que la jerarquía eclesiástica hace entre la fe de “tantos” argentinos y la razón de su existencia recordándonos (a todas las personas, católicas y no católicas) que la Iglesia es constitutiva de la historia y de la ciudadanía. Están diciendo: la Iglesia es una realidad necesaria de y para las personas con fe, además porque posee una misión inclaudicable, lo que justificaría su razón de ser. Así legitima el sostenimiento de su autoridad sobre cuestiones morales y sexuales, como bien indica Verbitsky en la nota, y por lo tanto su sostenimiento económico por parte del Estado.

Cada persona tiene derecho a creer, a no creer, a explorar y transitar el sistema de creencias que más le place respetando las experiencias de otras espiritualidades y formas de construir comunidad. Aquí no se está cuestionando la fe de las personas católicas. Estamos indicando que la Iglesia basa su poder político en la fe de las personas y en la cantidad de adherentes a la fe católica. Por eso, todo documento proveniente de esta institución recuerda e invita –formas sutiles si las hay- a la renovación y a la conversión, para tener simbólicamente sujetada la necesidad de su representatividad. Es como si trazara una legión de cordones umbilicales que van desde el centro de su poder (el ejercicio de la representatividad) hasta el centro de cada espiritualidad cristiana. Implantando un mecanismo imprescindible, pues ¿quién, en estas condiciones, sería tan idiota como para cortar el cordón que otorga sentido a su existencia?

Pues bien, se valen de eso. Por eso habemos quienes con la apostasíaiii quitamos valor a ese régimen de representación. Y encontramos en el acto de apostatar la posibilidad de desmarcarnos, salirnos de esa construcción de poder que supone sujetos tutelados. Que silencia, falsea y arrebata la autonomía para decidir sobre la propia vida, el propio cuerpo, el modo singular de ser y relacionarnos con el mundo.

Las condiciones políticas que permite a la Iglesia su intromisión permanente en cuestiones de derechos humanos y en el ejercicio de ciudadanía democrática se traman, así, con la sujeción a la fe. Es decir, sorben poder de la fe legítima de las personas para erigirse como sus representantes. Con la inscripción al bautismo, hacen su propia burocracia. Y con la fidelidad a la doctrina, sustentan una “natural” gobernabilidad.

Desde el punto de vista de las cuestiones de poder, nos vemos en el compromiso de mirar a la Iglesia como institución política. Lo que nos permite pensar ciertamente en las condiciones materiales que la sostienen. Pues la trampa está en disfrazar las cuestiones de poder con cuestiones de fe. Ya que en esa confusión, que generan en la mente y sentir de las personas que adhieren a la fe católica, basan su intromisión en las condiciones de vida humanas que involucran políticas públicas. Y viceversa: su intromisión en políticas públicas que involucran condiciones de vida humanas.

El documento es una provocación. Provoca la pregunta sobre las condiciones de vida de estos obispos y de la institucionalidad eclesiástica. Porque ¿desde qué lugar dicen lo que dicen? ¿sobre qué condiciones materiales apoyan su Palabra? Y más puntualmente, ¿sobre qué base material erigen el poder para pronunciarse?

No pediremos aquí ser amados como se aman a sí mismos, disfrutando de los inconmensurables privilegios que les bancamos entre todas las vidas que habitamos esta patria grande. Decimos inconmensurables porque nadie sabe a ciencia cierta de cuánto dinero hablamos. Y es preciso aclarar que el término “proveen” guarda plena disonancia con la noción de providencia que profesan.

Más bien estaríamos en condiciones de hecho y de derecho como para pedir que ni un peso proveniente de nuestra fuerza de trabajo que ancla en la administración de un Estado “que somos casi todas las personas que ejercemos ciudadanía democrática”, sea destinado a sostener una representatividad que se enmarca en la fe individual de las personas.

Ya no solo resulta insostenible embargar derechos civiles y políticos para sostener la función de Estado social que la Iglesia, junto a otras instituciones del “bien común”, viene oficiando, sino que podría considerarse una violación a los derechos humanos bancar tales privilegios económicos.

¿Qué clase de pronunciamiento es ese que proviene de la boca del cuerpo que tiene servida la comida, la vivienda, el vestido, las tareas domésticas, la evitabilidad del transporte público, los viajes y estadias interurbanos y a otros países, el acceso a la salud y a la educación, que está librado de las tensiones de la precariedad laboral (porque los curas de base tienen garantizado también sus puestos de planta permanente), y sobrellevar una vejez que tiene garantizada su jubilación dentro de una superestructura de inembargabilidad de bienes en medio de tanto “desahucio” a nivel mundial, y honrado con exenciones impositivas? Que tienen el privilegio, como dice el abogado Ciro Annicchiarico, “de proteger en su seno, y de eludir la justicia, a miembros que han cometido delitos aberrantes de lesa humanidad o que han cometido abusos sexuales contra niñxs indefensxs”.

No hablen a coste mío.

NO en MI nombre

Cecilia Galcerán

8 de diciembre de 2012

 

 

 

 

 

 

 

i Nota disponible en http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-208830-2012-11-29.html

 ii EL documento de la Conferencia Episcopal Argentina puede verse en http://www.episcopado.org/portal/component/k2/item/740-reflexiones-de-los-obispos-al-acercarnos-a-la-navidad.html

 iii Apostasía es el acto de desbautismo, de renuncia a las políticas de opresión de la Iglesia Católica como institución. Para más información: http://www.apostasiacolectiva.org