Cuando al fin admites que existe una cantidad enorme de cultos y creencias, te encuentras con que también existe una cantidad casi infinita de dioses, divinidades y demonios.
El ser humano siempre buscó explicar lo inexplicable. A medida que su propio desarrollo y la posibilidad de transmitir conocimientos se lo permitían, el ser humano estudió su entorno para manipularlo a su conveniencia. La propia necesidad de supervivencia lo empujó a no conformarse con procurar el alimento del día a su familia. Al tomar conciencia de la escasez y de las necesidades permanentes que debía satisfacer, comenzó a proyectar y analizar. El comportamiento de los animales, los períodos de madurez de las plantas, mareas y caudales de ríos, afluentes, lluvias, ciclos de emigración, e infinidad de otros detalles naturales se convirtieron en fuentes esenciales de información. El jefe de tribu o el padre de familia no podía arriesgarse a un faltante de suministros para los días venideros, el cazador no podía dejar librado al azar su lucha con la presa, el guerrero no podía poner en riesgo la seguridad de su pueblo, y empujados por la necesidad comenzaron a formar el conocimiento que hoy heredamos.
Sólo el nivel de conocimiento alcanzado en la actualidad le permite a nuestra civilización subsistir. En siglos pasados se estimaba que la tierra jamás podría alimentar a un número mayor de mil millones de habitantes. Hoy día llegamos a los seis mil millones. Superamos seis veces lo que el conocimiento, en una época pasada, estimaba imposible.
Estas suposiciones erróneas también surgieron en un principio, cuando el hombre primitivo no consideraba posible que los animales y las plantas contenidas en el territorio que estaba al alcance de su vista pudieran abastecer a cien familias o más. Los pocos animales salvajes alcanzaban apenas para mantener con vida a su mujer y sus hijos. Pero este hombre no conocía el cultivo o la crianza. No sabía de su existencia hasta que examinó el proceso de crecimiento de las plantas, las costumbres alimenticias de los animales, los ciclos que la vida cumple constantemente.
El conocimiento es lo que nos hace humanos, lo que nos alimenta y nos cura, lo que nos da la vida. El alimento llega a tus manos después de complicados procesos de producción, cultivos intensivos, tratamientos químicos, crianza intensiva. Tú visitas al médico para curarte, acudes a él para sanar. Nadie, en su sano juicio dejaría librada su salud a un dios. Ya sabemos, porque conocemos nuestra historia, que la expectativa de vida en el pasado era extremadamente inferior a la actual. Incluso el hombre salvaje, sin asistencia de ninguna clase, no podía aspirar a vivir en promedio más de treinta o cuarenta años. El conocimiento nos da salud, y también nos trae a la vida. Sin cesaria morían muchos niños, sin anestesia morían muchas madres.
Resulta, por lo tanto, de necios afirmar que la ciencia (que es la herramienta que construimos para adquirir y extender estos conocimientos) o el conocimiento mismo son perjudiciales para nuestra existencia. Si borráramos del planeta y de nuestras mentes estas pequeñas gotas de sabiduría, las instrucciones para llevar a la práctica todo lo aprendido, las ideas revolucionarias, los tratamientos, las máquinas para construcción, medicina, transporte. Si dejáramos de lado nuestra necesidad innata de conocimiento, los seis mil millones de habitantes desaparecerían de la faz de la tierra acechados por incontenibles epidemias, hambrunas devastadoras y disputas mucho más mortales y violentas que las conocidas hasta el momento. La ciencia fue, es y será la herramienta esencial para nuestra subsistencia y la edificación de nuestra civilización. ¿Por qué? Bueno, simple, ningún dios va a curarte, ni alimentarte y protegerte de los males que te acechan constantemente. Cuando todo, en teoría, estaba librado a las manos de los dioses, el ser humano moría por una simple gripe.
El conocimiento es por sí mismo una necesidad. Necesitamos información de nuestro entorno para nuestra subsistencia y la de nuestros descendientes. Debemos indagar, resolver acertijos, descubrir. Debemos aprender. Pero nunca es lo suficientemente fácil.
El universo está conformado por la combinación de partículas extremadamente diminutas y fuerzas altamente complejas que las afectan. Las combinaciones son infinitas (con todo el sentido de lo infinito) y las posibilidades incalculables. Todo a nuestro alrededor posee características propias, pequeños o gigantescos detalles que lo diferencian del resto. Nada es idéntico. Todo varía y se confunde. Todo se encuentra afectado por el caos universal. Explicar, describir o comprender a pleno el funcionamiento, las reacciones o peculiaridades de cualquiera de los elementos que lo componen es una tarea en extremo compleja. Para conocer el ciclo de vida de una planta, por ejemplo, no basta con observarla. Si buscamos resultados satisfactorios es necesario también estudiar el clima, su entorno y el terreno, descubrir sus enemigos naturales, otras plantas, parásitos o animales que pueden atacarla, sus necesidades energéticas, el agua que consume, la cantidad de sol que necesita, la atmósfera que respira. Y no es seguro que estos parámetros afecten en igual forma a plantas de una misma especie. Cada pequeño detalle puede influir.
El conocimiento es esencial para la supervivencia, y el ser humano lo sabe desde que habita la tierra. Pero el conocimiento no es accesible a todos y en todo momento. La necesidad por explicar urgentemente los efectos del clima, la existencia de los vientos, las lluvias inconstantes o cualquier otro fenómeno terrenal empujó al hombre a formular respuestas apresuradas. Necesitaba sentir que podía de algún modo comprender su medio. Encontrar un por qué. Nacieron así innumerables dioses, divinidades menores y demonios que afectaban con sus poderes infinitos al universo conocido. Para algunos hombres, cada fenómeno era atribuido a un dios particular. Para otros, existía un sólo ser supremo que controlaba el destino de la vida en la tierra. Prácticamente todos estos seres imaginados eran dueños de absoluta bondad e infinita comprensión. Pero estos atributos parecían no ser suficientes, los desastres naturales seguían causando estragos, igual que siempre. El hombre comprendía ahora su medio, había encontrado un fundamento sobrenatural al misterio natural, pero no podía controlarlo del mismo modo que controlaba su entorno inmediato. Debía encontrar, entonces, el amuleto que alejará los rayos, la súplica que propiciara las lluvias, la ceremonia que alentara a estos dioses a proveerles del sustento necesario para pasar el frío invierno. Debía hallar el modo de decirles cuáles eran sus necesidades urgentes.
A lo largo de toda nuestra historia se acudió a esta rápida solución una y otra vez, dando vida y muerte a infinidad de seres fantásticos. Dioses sol como Ra, Shamash, Suria, Amaterasu, Balder, Lugh, Llew, Dazhbog, Tane, Itzamna, Quetzalcóatl, Helios y otros. Dioses y diosas luna como Nanna, o dioses lanza rayos como Zeus o Thor. Algunos de ellos convivían en el universo y en la imaginación de los hombres que creían en ellos y se fortalecían de los múltiples cultos creados a partir de sus supuestas enseñanzas y de la necesidad de alabanza y glorificación. Dioses perversos que exigían sacrificios humanos. Dioses vengativos que aprovechaban su poder sobre lo natural para atacar, destruir y matar a los impuros.
Estos dioses existieron y coexistieron en diferentes épocas. La mayoría de ellos desaparecieron en algún momento dando lugar a otros. Tú ya no crees que la erupción de un volcán es la manifestación del odio de un dios, ni que el impacto de un rayo sobre tu casa se debe a que tú has pecado. Sabes cuáles son los elementos y las fuerzas físicas y químicas que intervienen en estos fenómenos. Sabes que la altura de tu casa atrajo el rayo, que incluso hasta las iglesias son afectadas por ellos, que el movimiento constante de la tierra produjo un desplazamiento causando la presión que ahora expulsa la lava del volcán. Conoces los procesos y este conocimiento te ayuda a comprender, te brinda las respuestas que necesitas. Al saber qué provoca determinada reacción o situación ya no nos urge atribuirlo a un dios. Encontramos la respuesta adecuada, la real, y es cuando dios, lentamente comienza a ser desplazado, a afectar planos ya intangibles y difíciles de identificar y analizar. Para tus lejanos antepasados, un volcán era algo imposible de comprender, y la acción de un dios era la explicación lógica, para ti resulta imposible comprender, por ejemplo, el comienzo de la existencia de la vida en la tierra, y dios se vuelve la respuesta más lógica y aceptable.
El conocimiento es una necesidad, y a veces acudimos a nuestra imaginación para satisfacerla de forma inmediata.
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